Reconocer a la Muerte

 


Reconocer a la Muerte

Había una escritora, muy supersticiosa, que le empezó a tener miedo a la muerte. Algo se lo anunciaba en los sueños. Algo se lo decía en los sonidos de la naturaleza, o en sobresustos en los horribles tránsitos a la hora y pico.

 

Para menguar su miedo, se decidió a que mucho de su ser muriera en miles de pedazos, antes de que algo más lo decidiera por ella. Y puso su empeño, en escribir docenas de cuentos cada semana o cada mes. Todo lo que se le ocurriera, lo ponía bajo sus lápices, o bajo los teclados. Los escenarios tramados, los trasfondos, las sensaciones, todo entre palabras. Nada faltaba. Y sobretodo lo mas excepcional. El personaje. Los creaba con diferentes formas y colores. Les daba risa, les daba pena, les daba muerte.

 

En todos sus personajes ella ponía un poco de si. En cada uno, había algo de su sal, de su dulzura, o su desazón. Y tras una risueña escena, morían. No falta decir, que morían con razón o sin ella. Morían sin quererlo o morían con deseo. Desfallecían a pedazos en las veredas, o en las plazas, o en los campos.

 

Todos morían, y con ellos un poco de ella. Supo en el fondo de su ser, que mientras se cumpliera esta regla imprescindible, ella ante tanta muerte, alargaría su vida. Balanceando un equilibrio sobre algo que era invisible y que solo para ella era como materia viva. Y así iban pasando los años de su vida, como cortando pedazos de hilo, para formar vestidos. Entre entes y muertes. Entre hilos y vida.

 

Lo que nunca imagino, de la gracia estrambótica ante la muerte, y las hojas impresas, fue el día de la excepción. Vino como tocando a su puerta. Pero fue mas bien, tocando sus ojos entre las líneas. El buen día en que su mente se empezó a distraer, y obstinar con unos de sus personajes.

 

Que estupidez… enamorarse de un personaje. ¡Si la primera premisa es saber que este ni existe! Pero que bien se le pasea en la cabeza cuando lo crea. Se deambula por sus patios alumbrados de idealización, de belleza interna que solo alguien quien lo sueña lo puede comprender.

 

Y cuando la escritora, no supo quitar sus palabras ante esa alma creada, de nuevo la muerte se le aproximaba. Ella tenía que matar a lo mas bello que pudo erigir. Y se intentaba de convencer entre sus ojos, la noche, el insomnio y las horas oscuras, que aquello no era algo real. Que capaz no era real ni la muerte al que tanto le había temido. Pero se le hizo extraño, que, gracias a la muerte, pudo transformar sus miedos en historias, sus obsesiones en metáforas, sus abstracciones en poesía, su amor en pluma viva. Y ahí estaba… su personaje mas querido, como alguien lejano, esperando en un lugar al que ella no podía acceder. Pero, tomo la pluma, y se dispuso a darle fin. Pero no quiso que tuviera una muerte ni terrible, ni trágica, ni mucho menos sangrienta. En un simple cuento, que asemejaba a un sueño, hizo que su personaje se acostara plácidamente en la cama. La muerte vendría, silenciosa, y tranquila como la acaricia de una pluma. Y tras un intenso y pesado sueño se dormiría… y… y…

 

Lo dejo así… no creía que pudiera engañar a la muerte. Pero no se atrevía a escribir mucho más. Esa noche con sus ojos y su boca manifestando un bostezo y un suspiro, sin decir, ni proferir mucho, dejo vivir al personaje al que había creado con tanto esmero. Obviamente la muerte vino con decisión a buscarla, y mas allá de ello no se preocupo para nada. Se acostó en la cama, mientras un intenso sueño la iba invadiendo por completo.

 

Y en su último pensamiento donde la muerte la buscaría en su pesado sueño, se preguntó en como su personaje podía seguir viviendo, si ella no estaba mas allí para escribirlo.


 

Las cuatro estaciones:

¿Dónde esta mi elefante?

Sara se convirtió en agua

Reconocer a la muerte

Paraíso oscilante

Pasos en la noche

Beso

 


 

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¿Dónde esta mi elefante?

 


¿Donde esta mi elefante?

Ya no puedo amar por garantías, es algo que puedo agradecer tal vez a la vida. Pero a veces pierdo los bordes, las intenciones, las cosas que corresponden a las formas, lo impuesto o lo aprendido. La experiencia o la especulación. Ya no puedo amar por conformidad y ya no sé si es algo pretencioso. Ya no puedo beber de vanas ilusiones, mientras la entidad de la soledad me acompaña. Ya no puedo amar por solo creer en los versos o de la poesía que han sido siempre mi peor manía. Ya no quiero a nadie que me escriba. No quiero una historia de amor de mierda bien contada.  No quiero las pupilas, ni las pilas. No quiero las copias y coplas de nadie. No quiero ser musa, ni quedarme muda. Ya no quiero ser la última en enterarme que, si soy reemplazable, que no soy imprescindible. Ya no quiero amar detrás de un banco, ni detrás de un andén, ni lejos por las veredas o plazas. No quiero que alguien escriba lo romántico de las palabras. Porque amo a algo que no existe. Mi mente arrulla lo que la luna silencio hace mucho tiempo.

Ahora solo quiero que alguien escriba solo lo que es, solo lo que es, lo que hay cada día. La misma voz, el mismo césped. El mismo cielo, el mismo gato, la misma taza de té. Que respire el mismo aire, con la misma luz, con la misma intensidad, con la misma lealtad.

¿Dónde está mi elefante? No lo vi cuando paso. ¿Dónde está el mes de mayo? No lo vi cuando se fue.

 


 

Las cuatro estaciones:

¿Dónde esta mi elefante?

Sara se convirtió en agua

Reconocer a la muerte

Paraíso oscilante

Pasos en la noche

Beso